Todos los días deberían ser el día de la madre
01/05/2011 4 comentarios
Pequeño homenaje a mi madre…
Mi madre me enseñó a rezar de memoria por las noches cuando aún no sabía leer: “Jesusito de mi vida… eres niño como yo”; me enseñó después a leer: la “m” con la “a”, “ma”, “mi-ma-má-me-mi-ma”; y, a pesar de tener cuatro hijos más en la época en la que los electrodomésticos sólo se veían en los anuncios de la tele, siempre se sentó a hacer conmigo los difíciles deberes de matemáticas: “acuérdate de que te llevas una”….
Me dio el pecho, me preparó las mejores meriendas de pan tostado con la nata que salía de hervir la leche que comprábamos directamente en la vaquería y espolvoreaba Nesquik por encima (ningún Bollicao del mundo podría superar eso). Llenaba mis cumpleaños (en casa, por supuesto) de mis mejores amigos, Fanta y sándwiches de Nocilla. Cosía coderas en mis jerseys y rodilleras en mis pantalones y en invierno me tejía los jerseys de lana de ochos más calentitos del mundo. Me curaba las rodillas con Mercromina (aunque para mí siempre fue “micromina”) y soplando, mientras decía y me convencía con un: “cura sana, cura sana, sino se cura hoy, se curará mañana”. No recuerdo cuándo me enseñó a andar pero estoy segura de que lo hizo ella porque si no, hoy en día no podría caminar tan firme, tan fuerte y tan segura de mí misma. Leer más de este artículo



Con el puente de diciembre se da el pistoletazo de salida o la señal de alarma a las que son temidas por muchos padres: vacaciones de navidad. Ese periodo en el que los primeros días uno vive con ilusión lo de tener a los niños en casa: poner el árbol, escribir la carta a Papá Noel, revisar la cartelera con el montón de películas para niños que se estrenan esos días… pero luego viene la realidad y a muchos les da un bofetón en la cara. Al tercer “me aburro”, “ahora adónde vamos” o “qué vamos a hacer” por parte de nuestros hijos, nos entra el ataque de pánico.



